logook

Para quuienes tengan interés de participar enla reactivación de la Comisión Permanente de Género, pueden contactarse con la Hna. Sofía Chipana (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.), de quien presentamos el siguiente artículo.

 

 Gestando nuevas relaciones

 Sofía Chipana RR.TT.

Introducción

Este compartir es la invitación a salir de la dura caparazón de las relaciones desiguales entre los/as diferentes, que se vieron como normales. Las propuestas e iniciativas que buscan democratizar nuestras relaciones, provocan ciertos miedos y reacciones violentas en muchos sectores en la que aún se quiere mantener un pensamiento hegemónico, y se resisten a tratar seriamente la posibilidad de restaurar nuestras relaciones que se va entretejiendo en la medida en que nos vamos acogiendo para forjar una convivencia sana y justa.

Hoy no es posible hablar de justicia en ninguna instancia, sin que asumamos el desafío de sanar nuestras relaciones, por lo tanto, en medio de nuestra realidad de exclusiones encubiertas y las abiertas, lanzamos algunos aportes y muchos sueños para gestar nuevas relaciones.

Algunos antecedentes de la gestación

Para acercarnos a las relaciones de mujeres y varones es preciso ubicar el término de género, que planteó el feminismo[1], como una categoría de análisis del sistema social, económico, político y religioso forjado por un pensamiento masculino, denominado como patriarcado[2], que reguló las relaciones de desigualdad entre varones y mujeres.

Por otra parte, la categoría de género vinculado a la sociología, ayudó a desenmascarar al sistema hegemónico que no sólo constituyó la desigualdad entre: varones y mujeres; sino también entre mujeres y mujeres, varones y varones; constituyéndose así culturas dominantes y otras dominadas, que no permitían plantear relaciones interculturales[3], ya que la tendencia común era civilizar a las culturas conquistadas. Del mismo modo la relación entre varones y mujeres se vio fragmentada por ésas sociedades y culturas dominantes que generaron relaciones asimétricas.

Cuando se habla sobre género, casi siempre se nos remite a que se trata del conjunto de características sociales atribuidas a una persona según su sexo biológico, es decir, se trata de los condicionamientos sociales, culturales y religiosos que obligan tanto a la mujer como al varón a ajustarse al modelo establecido. Por lo que podríamos decir, que nadie nace con un género, nacemos como seres sexuados, de modo que el género como dice Marta Lamas, “es transformable, alterable y reformable, no a voluntad, sino histórica, cultural y psíquicamente”[4].

La idea planteada por Lamas, conlleva un doble desafío, por una parte se trata de acoger nuestro ser de mujeres y varones para salir de los constructos socio-culturales, a fin de superar la idea de género como un asunto sólo de mujeres, sin que se cuestionen las relaciones, estructuras y mecanismos que producen y reproducen la desigualdad y exclusión, en la que las víctimas no son sólo las mujeres, sino también los varones. Aunque casi siempre se ha relacionado a la mujer como víctima del sistema patriarcal, presentando al hombre como victimario, pero como diría Alisson Spedding, “muy pocas veces se analiza el papel del varón, y cuando aparece el varón, es generalmente en el rol de padre de familia mandón, egoísta y violento, un rol que se lamenta pero que no se analiza”[5].

Desde que se planteó la perspectiva de género, no se puede negar que por mucho tiempo se la usó en los ámbitos femeninos, para hacer frente a la construcción de género que “produce un imaginario con una eficacia política contundente y da lugar a las concepciones sociales y culturales sobre la masculinidad y la feminidad que son la base del sexismo, la homofobia y la doble moral sexual”[6]. Y como fruto de ése proceso hoy se puede ver logros significativos en cuanto a la participación de las mujeres en las estructuras sociales; pero aún no se percibe cambios sustanciales, ya que los sistemas de las estructuras sociales, culturales y religiosas siguen guiadas por parámetros antropocéntricos y patriarcales, por lo que la mujer debe acomodarse a ésos sistemas establecidos a fin de tener su lugar en la sociedad.

Por otra parte, hubo tendencias venidas de algunas ONGs que buscaban la separación de la mujer en una categoría aparte, en la que no se tomaba en cuenta las múltiples diferencias que existen entre mujeres y varones de las diferentes culturas, de las diversas clases sociales, o aún dentro de cada cultura. Frente a este tipo de propuestas, surgen movimientos de mujeres y varones que buscan articular relaciones equitativas, desde “la posibilidad de un cambio que aparece ante la aceptación de nuestros límites y potencialidades, nuestra vulnerabilidad e incompletud, no para aspirar el antiguo modelo de complementariedad, sino para reconocernos como seres escindidos y castrados, necesitados de solidaridad y de vida social”[7].

En estos tiempos, posiblemente no se trate de entrar en debate teórico sobre las categorías de género que se plantean desde las diversas culturas, sociedades y organizaciones políticas, sino de preguntarnos sobre el modo en que nos relacionamos las personas desde: nuestra identidad sexual, nuestra identidad cultural, nuestras diversas experiencias religiosas, nuestras relaciones con el cosmos y con las y los otros/as seres vivientes. Como bien diría Antonieta Potente, “hablar y reflexionar sobre género es dejar germinar el infinito lenguaje de la diferencia, es hablar del lento camino ecuménico del pueblo y de la religión, de la nostalgia de una nueva ecología y del deseo de recomenzar un delicado encuentro con la sabiduría de pueblos narradores y no escritores”[8]

Deconstruir los modelos arquetípicos

Si queremos enfrentar seriamente las prácticas y pensamientos excluyentes, es preciso deconstruir[9] los discursos y representaciones sociales y culturales que discriminan, oprimen y vulneran a las personas en función de la simbolización cultural de la diferencia sexual. En este proceso no se trata sólo de echar la culpa a otros de habernos dejado como herencia el patriarcado y machismo, sino se trata de tener una mirada autocrítica ya que algunos mitos indígenas también generaron ciertas rupturas en las relaciones no sólo en la relación de varones y mujeres, sino también entre los pueblos. Extraemos un relato de los Macunas, rescatada por Milagros Palma en su libro, la mujer es puro cuento.

Entre los Macunas[10], como en otras culturas del Amazonas, el hombre y la mujer son figurados como especies diferentes. Esto aparece ilustrado en la rivalidad que tienen los dos sexos… El hombre pertenece a la especie de los monos, y la mujer, a la de los pescados. Él está asociado al monte, mientras que la mujer al agua, a las vertientes fecundas de los ríos. De estas asociaciones resulta que hombres y mujeres difieren hasta en la manera de alimentarse. El hombre come pescado. La mujer se alimenta de vegetales como ciertos peces. Entre los indios de la gente del agua, al principio la mujer posee infinitas riquezas, toda clase de alimentos, frutos, tortas de yuca, mientras que el hombre no posee nada, vive como los animales, errante en el monte. Es por eso que un día, cansado de su precariedad, decide pescar a la mujer y desde entonces puede apropiarse de toda su riqueza, de lo que producía su esfuerzo cotidiano y de su vientre mismo[11].

 Este tipo de relatos refleja que en muchas culturas, el varón buscará imponer su poder posicionándose del cuerpo de la mujer, y ella tendrá que aceptar ésa situación impuesta, Es decir, los argumentos de la dominación masculina, expresadas en la simbólica transmiten una serie de valores, en la que el hombre es víctima del rol sexual que le exige la sociedad, bajo el fundamento de la mujer como objeto. A su vez, este tipo de argumentos son reproducidos en la familia, que es una de las instituciones reproductoras de las sociedades y culturas que han establecido sus propios “modelos” de feminidad y de masculinidad que obliga a todos/as a ajustarse a esos patrones. Por lo tanto la familia nos moldea para asumir ése “modelo”, inventado por cada sociedad y cultura, según sus intereses y necesidades, de la que es difícil escapar, ya que la censura social nos obliga muchas veces a reintegrarnos al orden, al papel impuesto y a la imagen que se nos exige.

Muchos de los símbolos de la dominación masculina, fueron fundamentados por relatos religiosos, en el cristianismo uno de los relatos que tuvo una fuerte influencia fue la de Génesis 3, en la que la mujer transgrede el mandato divino y como consecuencia hay una triple sentencia que genera rupturas entre: serpiente y mujer; mujer y varón; tierra y varón. Sin embargo, la imposición patriarcal tuvo serías consecuencias para las mujeres, porque en las relecturas posteriores nos consideraron como débiles e inferiores por ser creadas después del varón y porque la mujer fue seducida por la serpiente y seductoras porque fue la mujer incitó al varón a que comiera del fruto que había sido prohibido. Pero no sólo eso, sino que la sentencia afectó al cuerpo de la mujer, “con dolor parirás” y “él (tu marido) te dominará”. En cambio la sentencia hacía al varón tuvo como consecuencia la ruptura en las relaciones con la mujer a la que debe dominar y con la tierra seca a la que debe dominar para que produzca.

Pero la dominación masculina siempre se vio confrontada por la feminidad indómita, por lo que la noche es el símbolo que mejor ha representado ésa fuerza misteriosa. La noche asociada a la feminidad, es el reino del caos, de los espíritus que el hombre no puede controlar, por ello la imaginación masculina configura este misterio a través de la imaginería popular, de la viuda negra, la llorona, la vieja vestida de novia, la bruja. O como se relata en la mitología judía en la que se presenta a Lilith y Adán, ambos hechos de barro, pero hubo una ruptura cuando ella exigió igualdad con Adán en todos los ámbitos, incluso en el sexual, Adán se negó. Esto provocó que Lilith lo abandonara y se retirara a una cueva donde se encontró con demonios con los que convivió y tuvo hijos; de ése modo ella es denominada como el demonio de la noche que engatusa al hombre y devora a los niños.

Reconstruyendo los tejidos de la vida

En estos tiempos, gracias a las múltiples sensibilidades que se nutren de las sabidurías ancestrales, nos descubrimos fuertemente influidas/os por los diversos ecosistemas por la que nuestras antepasadas/os fluyeron y que de algún modo moldearon nuestras identidades; por lo que nos reconocemos seres vitales, energéticos que fluimos y nos respiramos mutuamente. Por tanto, en nuestra relación nos afectamos positiva o negativamente, por eso la importancia de las relaciones de alteridad en la que se evita las desigualdades y se encamina a una relación de iguales desde nuestras diferencias.

La reconstrucción de nuestras relaciones implica superar todo aquello que no permite restablecer relaciones justas, es por ello que surge la necesidad de hacer frente al pensamiento antropocéntrico[12] y dualista[13] que de algún modo han sido base de las relaciones de dominación y sometimiento de la tierra y de nuestros cuerpos, para encaminarnos a las relaciones duales[14] que heredamos de las culturas ancestrales, como nos aporta Denisse Arnold, “en Los Andes, el cuerpo no se considera aparte de su ambiente, sino este forma parte de una complejidad que incluye tanto el cuerpo físico como el cuerpo metafísico, y las diferentes “costuras” que interrelacionan los dos”[15]. Y esta dualidad para los pueblos andinos es considerada “imprescindible e imprescriptible, y adquiere un carácter sagrado, porque constituye el nudo vital que garantiza la reproducción sin dolor, el crecimiento y desarrollo en equilibrio, la fuerza que guía el horizonte del suma thaki o qhapaq ñan, del buen camino, a través del cual, nos impregnamos de la energía y vibración que armoniza y posibilita nuestro arribo al suma qamaña o allin kawsay, es decir, el bien vivir”[16].

Por otra parte, los aportes de la espiritualidad de los pueblos indígenas en su relación con la tierra superan la visión andropocéntrica[17], ya que tiene un sentido de interconexión con todos los seres vivientes, que se fundamenta en la divinidad generadora de vida y protectora de la vida, por lo tanto se trata de una relación vital y responsable. Este tipo de espiritualidades desafía a la espiritualidad patriarcal, y restablece una alianza con la tierra que como bien diría Leonardo Boff, “consiste en la recuperación de la dimensión de lo sagrado” que nos habla en lo profundo de nuestro ser y nos transmite la experiencia de estar vinculadas/os a ella.

El proceso de reconstrucción implica deconstruir todo aquello que crea rupturas, para construir puentes que unen dos orillas, en ése sentido, nos parece importante que desde la tradición cristiana reconstruyamos los relatos y símbolos para redescubrir elementos que más que separarnos provoquen diálogos. Ya que muchos relatos bíblicos releídos desde la profundidad de sentidos nos permiten establecer relaciones de encuentro. Por ejemplo, el mito campesino del Antiguo Testamento, atestiguado en Génesis 2:4b – 24, permite plantear que la tierra húmeda es la substancia del origen de la vida, ya que de ella surge la humanidad (v. 7), la vegetación (vv. 8 – 9) y todos los animales (v. 19). Tal cómo lo plantean en algunas culturas ancestrales vinculadas a la tierra.

Por otra parte el texto leído a detalle, nos deja vislumbrar que la edificación de la mujer de la costilla o costado de la humanidad, era necesaria, a fin de establecer la diferencia en la humanidad genérica (‘adam). Siguiendo los aportes de Mercedes Navarro, “este relato culmina en la expresión de reconocimiento del ser humano individualizado ‘ish (varón) e issâ (varona), ambos con identidad propia. Se pude decir que en la peculiaridad de cada identidad el varón reconoce a la mujer como “hueso de sus huesos y carne de su carne”, reconociéndose a sí mismo en ella, es decir se reconoce en la diferencia y es la diferencia que hace vivir una relación simétrica”[18]. Por otra parte el término ayuda adecuada (‘ezer) no se limita al sentido de “servidora del varón” como se entendió, relacionándola a su vez con una supuesta inferioridad por ser hecha de manera distinta y después del hombre (cf. 1Tim 2:13). Ya que en el A. T. Yavé es tomado como ayuda que libera. Aunque ésa relación se ve rota en el capítulo 3:16, porque la que era una ayuda liberadora, resulta ser dominada por él. Sin embargo, este texto debe ubicarse en su contexto y no desde una perspectiva normativa y universal, como se lo hizo. Se puede decir que se trata de una nueva conciencia que plantea la necesidad de "reinventar" la tradición bajo nuevos términos, porque no está bien la violencia y tampoco es justo cuando “por costumbre” se oprima y excluya.

En este proceso se trata de reconstruir una espiritualidad que reconoce a la Divinidad en todo y todo en la Divinidad, por lo tanto se trata de una conciencia que sacralice toda la vida, es decir se trata de recrear imágenes de una divinidad cercana, como la Génesis 2:4b – 24, en la que Yavé Dios aparece como un alfarero que moldea la tierra humedecida y forma seres vivientes, o cómo ese Dios agricultor que labra la tierra de la huerta y hace germinar la vida y forja unas relaciones interdependientes entre todos/as los/as seres.

Atrapando sueños que gestan relaciones vivificantes

Recorriendo por nuestra realidad cotidiana constatamos que hay una ruptura muy fuerte entre hombres y mujeres, porque cada vez encontramos a mucha mujeres solas siendo responsable de sus hijos e hijas, por lo que el parámetro de familia ha cambiado, ya no se puede hablar de padre y madre. Aún no encontramos las raíces de ésas rupturas, ni estamos seguras que la supuesta “liberación femenina” provoque ésas situaciones. Sin embargo, como diría Milagros Palma, “la tragedia más grande de la mujer, jefe de hogar, sacrificada, martirizada, torturada, consiste en ser a la vez reproductora de la ideología de su propia opresión”[19]. Esto no quiere decir que sea ella la responsable, y que por lo tanto, tenga conciencia de la situación de opresión, como muchos se obstinan en plantear, que es la misma mujer que forja una cultura machista. Esta salida puede reflejar que hay resistencias, como expone Marcela Lagarde:

Muchos hombres ni siquiera se percatan que su manera de relacionarse con las mujeres y entre ellos mismos, así como la forma en que se enseñorean en el mundo y ocupan espacios y jerarquías, produce daño a las mujeres y daño social en la convivencia. No se percatan de la urgencia de dejar de ser como son… Y cambiar consiste en volverse más agresivos sexualmente, en no comprometerse ni tener responsabilidades con las mujeres. O en comprometerse con todos los grupos, sectores, actores y protagonistas contemporáneos, pero nunca con las mujeres. Cambiar es factible, se es para ser poderosos. El progreso masculino es considerado, bajo la óptica patriarcal, como la modernización y ampliación de los poderes de los hombres. Incluso, mirar como atraso el respetar normas y convenciones fijadas que limitan su abuso.”[20].

Realmente pocos hombres se dan cuenta que se requiere de su esfuerzo para incluir en los grandes cambios de nuestro tiempo, la transformación democrática de la vida privada (familia) y pública (sociedad), de modo que la transformación democrática de las relaciones entre mujeres y hombres no forma parte de la agenda ciudadana ni de las agendas políticas concretas de los partidos políticos, de las instituciones gubernamentales, y ni de las estructuras religiosas.

Acogiendo las realidades descritas anteriormente, constatamos que en la gestación de nuevas relaciones, se precisa “hombres nuevos”, como plantea Diego Irarrázabal, “se trata de morir para vivir; de zanjar con la modernidad androcéntrica y patriarcal (es decir, renunciar a mucho más que un machismo) a fin de regenerar nuestro masculino, de descubrir una masculinidad emancipada y relacional. A fin de cuentas, hay que reubicar lo masculino y lo femenino en la gestación de una nueva humanidad”[21].

Con el deseo de atrapar algunos sueños, dejamos resonar sueños compartidos de ésa nueva humanidad que posiblemente se gesta en diversos espacios:

-        El sueño de la reconciliación interna con nuestro ser de mujer o varón, ya que la liberación se logra en la conexión con la intimidad de nuestro ser. Y en el caso de la mujer, su gran conquista se dará cuando descubra la maravilla que supone vivir siendo mujer.

-        El sueño de un compromiso de interdependencia mutua entre varones y mujeres, y reconocer que no habrá liberación de un grupo sin liberación del otro. Por ello es preciso plantear una comunidad humana renovada, como nos comparte Ofelia Ortega[22] que recoge el sueño de las mujeres caribeñas:

  • La visión de una comunidad inclusiva en la que no sea excluido, oprimido, sojuzgado, ni explotado, ningún individuo o grupo.
  • Una comunidad de iguales, sin dominación ni subordinación, superioridad e inferioridad.
  • Una comunidad que abrace y celebre la diversidad y las diferencias.
  • Una comunidad que estimule la plena participación de todos sus miembros y el desarrollo de los dones de cada individuo.
  • Una comunidad de mujeres y hombres que convivan como socios en igualdad.

-        El sueño de las comunidades humanas inclusivas, que acogen las múltiples identidades cargadas de diversas y ricas cosmovisiones, en la que no hay un solo modo de ser varón y mujer. Se trata de acoger la emergencia de las subjetividades silenciadas, que garantizan los procesos permanentes de des-territorialización de los códigos patriarcales, racistas, capitalistas, etc., y nos plantea la reinterpretación de los signos y rituales que insisten en confinarnos a una identidad de "archivo", para asumir nuestras identidades recreadas desde las danzas sagradas y la ritualidad de la vida que nos conecta con el misterio de vida que nos cobija.

-       El sueño de priorizar nuestras relaciones humanas, frente a las relaciones mercantiles que se presentan como la base de la felicidad, a través del consumo, y asumir el desarrollo como solidaridad compartida desde “la satisfacción de nuestras necesidades vitales, con un mínimo daño a nuestras relaciones cósmicas”[23].

 -     El sueño de unas sociedades que asumen el poder compartido, por medio de “dones, capacidades, potencialidades, que afirman, visibilizan, transforman, liberan y ayudan a vivir en plenitud”[24]. Se trata del poder que se da desde adentro, que tiene que ver con la habilidad que cada una tiene para llegar a ser lo que estamos destinadas a ser “una semilla que tiene dentro de ella el poder inherente de echar raíces, crecer, florecer y dar frutos”[25], es decir se trata de un poder que fortalece el poder de las otras y otros, llevándonos a los profundos niveles de conexión, preocupación y solidaridad.

-      El sueño de rescatar las espiritualidades vinculadas al Cosmos, Madre Tierra, Gaia, Pachamama, Corazón del cielo y corazón de la Tierra, que como plantea Starhawk, nos llevan a celebrar el ciclo de la vida de todas y todos: el nacimiento, crecimiento, muerte y regeneración tal como se da en el cambio de las estaciones del año, en las fases de la luna, en la vida humana, de las plantas y animales, siempre con la meta de establecer un equilibrio entre todas las comunidades diferentes que son parte del cuerpo viviente de la tierra.

-        Nos unimos al sueño de Starhawk, en que “la transformación es inherentemente creativa, y cada una de nosotras/os es parte del ser creativo que es el universo mismo. Aunque las estructuras de dominación están fuertemente arraigadas, deben cambiar inevitablemente, como cambian todas las cosas”[26]

-        Por último, vincularnos al sueño de las cristianas y cristianos, que sentimos el desafío de rescatar con seriedad nuestro discipulado y apostolado de la opción de la Vida Digna, propuesto por Jesús, “Yo he venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia” (Jn 10:10), que nos desafía a ser portadoras y portadores de la Buena Noticia, de la Vida en abundancia, la Vida plena, el buen Vivir, la Vida digna, en nuestra única casa, la Tierra.

 

 



[1] El feminismo es y ha sido el conjunto de actuaciones, pensamientos y respuestas que las mujeres en diálogo con otras mujeres.

[2] El patriarcado hunde sus raíces en las etapas más tempranas de la historia de la humanidad, se normaliza desde antiguo atravesando épocas, culturas y clases sociales, y en todas ellas incrusta sus contenidos de dominación masculina.

[3] La interculturalidad conlleva un cambio de mentalidad, se trata de encuentro, fortalecimiento, humanización que generan solidaridad y afecto.

[4] Lamas, Marta (2002). La diferencia sexual no es cultura. En Conspirando 39. Santiago de Chile. Pp. 15.

[5] Spedding, Alisson (1997). Investigaciones sobre género en Bolivia: un comentario crítico. En: Arnold, Denise. Más allá del silencio. La Paz: ILCA/CIASE. 61

[6] Lamas. La diferencia sexual no es cultura. En Conspirando 39. Pp. 16.

[7] Ibid.

[8] Potente, Antonieta (2001). Un tejido de mil colores: diferencia de género, de cultura, de religión. Uruguay: Doble clic. Pp. 12

[9] Este término se usa en los espacios feministas como la articulación de algo diferente, como es el caso de la hermenéutica feminista de la sospecha en la que el proceso de deconstrucción implica la destrucción y reconstrucción de paradigmas.

[10] Los Macunas son habitantes de la amazonia, y son parte de las culturas denominadas, del agua.

[11] Ibid. Pp. 21

[12] Se trata de un pensamiento que plantea una concepción del mundo donde el hombre está en el centro y es la medida de todo; desde esta perspectiva las y los otras/os seres son vistos como inferiores y sin importancia.

[13] El dualismo se caracteriza porque considera una visión de la realidad desde dos puntos contrapuestos: el bien y el mal, cuerpo y alma, hombre y mujer, blanco y negro.

[14] Se trata del sentido profundo del sistema de vida donde todo es femenino-masculino, las piedras, los cerros, los árboles, etc.

[15]Arnold, Desine (1997). Más allá del Silencio: Las fronteras de género en Los Andes. La Paz: CIASE/ILCA. Pp. 29

[16] Tokarski, Irene (2010). Cuaderno de reflexión: Género. La Paz: ISEAT.

[17] El ser humano la medida de todas las cosas; su naturaleza y bienestar son los principios de juicio, según los que deben evaluarse hacia los demás seres, y la organización del mundo en su conjunto.

[18] Navarro, Mercedes (1993). 10 mujeres escriben teología. Estella: Verbo Divino. Pp. 18

[19] Palma. La mujer es puro cuento. Pp. 76

[20] Lagarde, Marcela (2001). Claves feministas y nuevos horizontes. En: En: Tamez, Elsa (Editora). La sociedad que las mujeres soñamos. San José: DEI. Pp. 93

[21] Irarrázabal, Diego (2001). Si el grano de trigo muere… da mucho fruto. Impugnación de lo macho, a fin de ser un hombre cristiano. En: En: La sociedad que las mujeres soñamos. Pp. 115

[22] Ortega Ofelia (2001). Los problemas éticos y el compromiso de la mujer caribeña por la vida. En: La sociedad que las mujeres soñamos. Pp. 74

[23] Spretnak, Charlene (1994). Lo sagrado en el cuerpo de la tierra y en el cuerpo personal. En: Res, Mary Judih; Seibert Ute; SjØrup, Lene. Del Cielo a la Tierra: Una antología feminista. Pp. 491

[24] Quezada, Luzmila (2001). Construyendo nuevas relaciones varón-mujer. En: La sociedad que las mujeres soñamos. Pp. 113

[25] Starhawk (1994). La espiritualidad basada en la tierra celebra el ciclo de la vida. En: Del Cielo a la Tierra: Una antología feminista. Chile: Sello Azul. Pp. 205

[26] Ibid. Pp. 207

agendaCONFER

Retiros CRP

lampadaaccesa2

eventos

Copyright © 2017 CRP - Conferencia de Religiosas y Religiosos del Perú. Todos los derechos reservados.
Calle Torre Tagle 2461, Pueblo Libre, Lima - Perú - Teléfono: (+51) (01) 261-2608 - Desarrollado por Cecopros