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MartiresLas más veneradas imágenes de la región norte del Perú, que representan a Cristo, a la Virgen María y a otros santos, fueron trasladadas a Trujillo, para formar parte del encuentro con el papa Francisco; entre ellas la de los tres beatos mártires de la Diócesis de Chimbote

Desde la Catedral de Chimbote fueron llevadas las reliquias de los tres mártires Sandro, Miguel y Zbigniew, beatificados el 5 de diciembre de 2015.

Las reliquias fueron colocadas en el mismo altar donde el Santo Padre ofició la misa en Huanchaco.

El padre Rafael, párroco de Pariacoto, junto con algunas feligreses llevaron con toda devoción y respeto las reliquias de primer grado (restos óseos) de los Franciscanos conventuales: padre Miguel Tomaszek y padre Zbigniew Strzalkowski y, la reliquia de segundo grado (trozo de la estola) del sacerdote diocesano, padre Sandro Dordi.

Estos mártires dieron un importante testimonio de fe, al no ceder ante las presiones de parte del movimiento terrorista Sendero Luminoso, hasta sufrir la muerte en el año de 1991. Estos relicarios son los mismos que fueron venerados en la misa de beatificación realizada en el estadio de Chimbote.

Una llamada de amor para amar y servirGriselda Mutual - Ciudad del Vaticano El Colegio Seminario SS. Carlos y Marcelo fue el escenario del encuentro del Papa con los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas del Perú. Agradeciendo las palabras que Mons. José Antonio Eguren Anselmi, Arzobispo de Piura le dirigió, el Pontífice, con la concreción y la pedagogía que lo caracteriza, desarrolló su discurso en tres puntos, previa reflexión sobre la fe y la vocación, tras poner la mirada en Toribio de Mogrovejo, misionero y Santo Patrono del episcopado latinoamericano.

La virtud de ser memoriosos

Poniendo el centro en las raíces, Francisco precisó que ellas son lo que nos sostiene a lo largo del tiempo y de la historia para crecer hacia arriba y dar fruto. "Nuestras vocaciones - dijo- tendrán siempre esa doble dimensión: raíces en la tierra y corazón en el cielo”. Y porque un árbol que no tiene raíces se marchita, el Papa lo comparó con la vida espiritual : "da mucha pena ver algún obispo, cura o monja marchito", pero "mucha más pena da cuando veo seminaristas marchitos", agregó. "Esto es muy serio: la Iglesia es buena, es Madre, y si ven que no pueden, por favor, hablen antes de tiempo, antes de que sea tarde. Antes que se den cuenta que ya no tienen raíces y que se están marchitando... Aún hay tiempo para salvar, porque Jesús vino a eso, y si llamó es para salvar".
De allí que el Papa destacara la importancia de la memoria de la vocación: “la memoria – dijo - mira al pasado para encontrar la savia que ha irrigado durante siglos el corazón de los discípulos, y así reconoce el paso de Dios por la vida de su pueblo”.
Punto uno: La alegre conciencia de sí

El ejemplo del Papa para desarrollar el primer punto fue la figura de Juan el Bautista. Juan, dijo el Papa, “era hombre memorioso de la promesa y de su propia historia”. Él tenía claro que él no era el Mesías sino simplemente quien lo anunciaba. De este modo su figura manifiesta la conciencia del discípulo que sabe que no es ni será nunca el Mesías, sino sólo un invitado a señalar el paso del Señor por la vida de su gente.

Así el Pontífice señaló que a los consagrados, se les pide simplemente "trabajar codo a codo con el Señor", y, en ese sentido la memoria “libra de la tentación de los mesianismos”.

Una tentación, que según el Papa se combate de muchos modos, “pero también con la risa”, que da "la capacidad espiritual de estar delante del Señor con los propios límites, errores y pecados, pero también con los aciertos y con la alegría de saber que Él está a nuestro lado”.

Por ese motivo Francisco aconsejó "cuidarse de la gente tan pero tan importante que, en la vida, se ha olvidado de sonreír", dando como medicina dos pastillas: una “rezar y pedir la gracia de la alegría”. “La segunda pastilla, - dijo- la puedes hacer varias veces por día si la necesitas: mírate al espejo”, “¡el espejo sirve como cura!”, bromeó.
Punto dos: La hora del llamado

El Papa destacó en el segundo punto la importancia de la memoria de la hora en que Cristo los tocó con su mirada, como a Juan el Bautista, quien grabó hasta la hora del encuentro con Jesús que le cambió la vida, marcando un antes y un después en su existencia: “eran las cuatro de la tarde”.
“Las veces que nos olvidamos de esta hora, nos olvidamos de nuestros orígenes, de nuestras raíces; y al perder estas coordenadas fundamentales dejamos de lado lo más valioso que un consagrado puede tener: la mirada del Señor”, afirmó. Y les aseguró: “¡Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser más numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino por puro amor! (cf. Dt 7,7-8)”.

A seguir, el Santo Padre quiso detenerse en otro aspecto importante para él. Haciendo memoria de la fe que les fuera en muchos casos, transmitida por las familias, los exhortó a no olvidar, “y mucho menos despreciar”, la fe fiel y sencilla del pueblo.

“Sepan acoger, acompañar y estimular el encuentro con el Señor. No se vuelvan profesionales de lo sagrado olvidándose de su pueblo, de donde los sacó el Señor. No pierdan la memoria y el respeto por quien les enseñó a rezar”, les pidió, y les recordó también que el Pueblo fiel de Dios “tiene olfato y sabe distinguir entre el funcionario de lo sagrado y el servidor agradecido”. “El Pueblo de Dios es aguantador, - reafirmó - pero reconoce a quien lo sirve y lo cura con el óleo de la alegría y de la gratitud”.

Punto tres: La alegría es contagiosa cuando es verdadera

Para dejar el legado de su tercer punto del discurso el Romano Pontífice se centró esta vez en la figura de Andrés, quien tras haber estado con Jesús, volvió a casa de su hermano anunciándole que había encontrado al Mesías: “la noticia más grande que podía darle- dijo el Santo Padre. Y lo condujo a Jesús”.

Así el Papa anunció que “la fe en Jesús se contagia”, que no puede confinarse ni encerrarse: los discípulos recién llamados atraen a su vez a otros mediante su testimonio de fe, como Andrés que comienza su apostolado por los más cercanos, por su hermano Simón, casi como algo natural, irradiando alegría.

“ La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús ”

Pero hablando de la alegría el Papa fue aún más allá: porque la alegría abre a los demás, fue asertivo al decir que “en el mundo fragmentado que nos toca vivir, que nos empuja a aislarnos, somos desafiados a ser artífices y profetas de comunidad. Porque nadie se salva solo”.

En este punto de su discurso, puso en guardia sobre la tentación del “hijo único” que quiere todo para sí, y a quienes tengan que ocupar misiones en el servicio de la autoridad les pidió que “no se vuelvan autorreferenciales” y que traten de cuidar a sus hermanos: “procuren que estén bien –solicitó - porque el bien se contagia”.

Tras pedir, casi al final de su discurso, que en los presbiterios haya más diálogo entre los ancianos y los jóvenes, solicitó particularmente a estos últimos que "hagan soñar a los viejos", y recordando el libro de Joel capítulo 3, versículo 1, explicó: "porque si los jóvenes harán soñar a los viejos, los viejos harán profetizar a los jóvenes".

Y citó también un antiguo refrán africano: “los jóvenes caminan rápido, y lo tiene que hacer, pero son los viejos los que conocen el camino”.

En la conclusión, con la ternura de padre que lo caracteriza, el agradecimiento, la bendición apostólica y su pedido de oración por él, "a modo del Perú".
(Tomado de: vaticannews.va)

Nuevo Consejo Inspectorial de los SDBLa Congregación Salesiana en el Perú, se organiza por medio de un grupo de religiosos quienes animan y coordinan las distintas áreas de la misión salesiana, como son: Pastoral Juvenil, misiones, formación, economía, entre otras. Para ello, luego de una consulta a los hermanos de la comunidad religiosa, se pide al religioso prestar su servicio en donde el superior vea conveniente.

Este año 2018, se realizó con la primera sesión trabajo del nuevo consejo inspectorial, el cual está conformado por: P. Humberto Chávez (Vicario y encargado de la pastoral juvenil), P. Juan Pablo Alcas (Delegado para la formación), P. Martín Quijano (Delegado para las misiones), P. José Valdivia (Ecónomo Inspectorial), R. Raúl Acuña (Delegado para la familia salesiana), P. Fernando Rodríguez (Consejero) y P. Rafael Vildozo (Consejero y secretario inspectorial).

El consejo inspectorial es convocado por el Inspector, P. Manuel Cayo, quien por su servicio de Superior Provincial de la Congregación Salesiana en el Perú, delegada a cada religioso el servicio que debe animar y coordinar.

Nuevos miembros del Consejo Inspectorial – 2018: P. Fernando Rodríguez (Consejero), P. José Valdivia (Ecónomo Inspectorial), P. Juan Pablo Alcas (Delegado de formación) y P. Martín Quijano (Delegado para las misiones).

Tomado de: salesianos.pe

Discurso de Francisco en el encuentro con sacerdotes religiosos y seminaristasEn su visita a Trujillo, el Papa Francisco sostuvo un encuentro con los sacerdotes, religiosas, religiosos y seminaristas de las circunscripciones eclesiásticas del norte, en el Colegio Seminario de San Carlos y San Marcelo. Al llegar, el Santo Padre recibió las palabras de bienvenida de Monseñor José Antonio Eguren Anselmi.

Luego, el Papa Francisco dirigió su discurso, que compartimos a continuación:

Queridos hermanos y hermanas:

¡Buenas tardes!

[gran aplauso] Como es costumbre que el aplauso viene al final, quiere decir que ya terminé, así que me voy. [gritan: ¡No!]

Agradezco las palabras que Mons. José Antonio Eguren Anselmi, Arzobispo de Piura, me ha dirigido en nombre de todos los que están aquí.

Encontrarme con ustedes, conocerlos, escucharlos y manifestar el amor por el Señor y la misión que nos regaló es importante. ¡Sé que hicieron un gran esfuerzo para estar acá, gracias!

Nos recibe este Colegio Seminario, uno de los primeros fundados en América Latina para la formación de tantas generaciones de evangelizadores. Estar aquí y con ustedes es sentir que estamos en una de esas «cunas» que gestaron a tantos misioneros. Y no olvido que esta tierra vio morir, misionando —no sentado detrás de un escritorio—, a santo Toribio de Mogrovejo, patrono del episcopado latinoamericano. Y todo esto nos lleva a mirar hacia nuestras raíces, a lo que nos sostiene a lo largo del tiempo, nos sostiene a lo largo de la historia para crecer hacia arriba y dar fruto. Las raíces. Sin raíces no hay flores, no hay frutos. Decía un poeta que “todo lo que el árbol tiene de florido le viene de lo que tiene de soterrado”, las raíces. Nuestras vocaciones tendrán siempre esa doble dimensión: raíces en la tierra y corazón en el cielo. No se olviden esto. Cuando falta alguna de estas dos, algo comienza a andar mal y nuestra vida poco a poco se marchita (cf. Lc 13,6-9), como un árbol que no tiene raíces, marchita. Y les digo que da mucha pena ver algún obispo, algún cura, alguna monja, “marchito”. Y mucha más pena me da cuando veo seminaristas marchitos. Esto es muy serio. La Iglesia es buena, la Iglesia es madre y si ustedes ven que no pueden, por favor, hablen antes de tiempo, antes de que sea tarde, antes que se den cuenta que no tienen raíces ya y que se están marchitando; todavía ahí hay tiempo para salvar, porque Jesús vino para eso, a salvar, y si nos llamó es para salvar.

Me gusta subrayar que nuestra fe, nuestra vocación es memoriosa, esa dimensión deuteronómica de la vida. Memoriosa porque sabe reconocer que ni la vida, ni la fe, ni la Iglesia comenzó con el nacimiento de ninguno de nosotros: la memoria mira al pasado para encontrar la savia que ha irrigado durante siglos el corazón de los discípulos, y así reconoce el paso de Dios por la vida de su pueblo. Memoria de la promesa que hizo a nuestros padres y que, cuando sigue viva en medio nuestro, es causa de nuestra alegría y nos hace cantar: «el Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125,3).

Me gustaría compartir con ustedes algunas virtudes, o algunas dimensiones, si quieren, de este ser memoriosos. Cuando yo digo “quiero que un obispo, un cura, una monja, un seminarista sea memorioso”, ¿qué quiero decir?. Y es lo que me gustaría compartir ahora.

1. Una dimensión es la alegre conciencia de sí. No hay que ser un inconsciente de sí mismo, no. Saber qué es lo que le está pasando, pero alegre conciencia de sí.

El Evangelio que hemos escuchado (cf. Gv 1,35-42) lo leemos habitualmente en clave vocacional y así nos detenemos en el encuentro de los discípulos con Jesús. Pero me gustaría, antes, mirar a Juan el Bautista. Él estaba con dos de sus discípulos y al ver pasar a Jesús les dice: «Ese es el Cordero de Dios» (Jn 1,36); al oír esto ¿qué pasó? dejaron a Juan y se fueron con el otro (cf. v. 37). Es algo sorprendente, habían estado con Juan, sabían que era un hombre bueno, más aún, el mayor de los nacidos de mujer, como Jesús lo define (cf. Mt 11,11), pero él no era el que tenía que venir. También Juan esperaba a otro más grande que él. Juan tenía claro que no era el Mesías sino simplemente quien lo anunciaba. Juan era el hombre memorioso de la promesa y de su propia historia. Era famoso, tenía fama, todos venían a hacerse bautizar por él, lo escuchaban con respeto. La gente creía que era el Mesías, pero él era memorioso de su propia historia y no se dejó engañar por el incienso de la vanidad.

Juan manifiesta la conciencia del discípulo que sabe que no es ni será nunca el Mesías, sino sólo un invitado a señalar el paso del Señor por la vida de su gente. A mí me impresiona cómo Dios permita que esto llegue hasta las últimas consecuencias: muere degollado en un calabozo, así de sencillo. Nosotros consagrados no estamos llamados a suplantar al Señor, ni con nuestras obras, ni con nuestras misiones, ni con el sinfín de actividades que tenemos para hacer. Yo cuando digo consagrados involucro a todos: obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, religiosos y religiosas y seminaristas. Simplemente se nos pide trabajar con el Señor, codo a codo, pero sin olvidarnos nunca de que no ocupamos su lugar. Y esto no nos hace «aflojar» en la tarea evangelizadora, por el contrario, nos empuja, nos exige trabajar recordando que somos discípulos del único Maestro. El discípulo sabe que secunda y siempre secundará al Maestro. Y esa es la fuente de nuestra alegría, la alegre conciencia de sí mismo.

¡Nos hace bien saber que no somos el Mesías! Nos libra de creernos demasiado importantes, demasiado ocupados —es típica de algunas regiones escuchar: «No, a esa parroquia no vayas porque el padre siempre está muy ocupado»—. Juan el Bautista sabía que su misión era señalar el camino, iniciar procesos, abrir espacios, anunciar que Otro era el portador del Espíritu de Dios. Ser memoriosos nos libra de la tentación de los mesianismos, de creerme yo el Mesías.

Esta tentación se combate de muchos modos, pero también con la risa. De un religioso a quien yo quise mucho —era jesuita, un jesuita holandés que murió el año pasado— se decía que tenía tal sentido del humor que era capaz de reírse de todo lo que pasaba, de sí mismo y hasta de su propia sombra. Conciencia alegre. Aprender a reírse de uno mismo nos da la capacidad espiritual de estar delante del Señor con los propios límites, errores y pecados, pero también aciertos, y con la alegría de saber que Él está a nuestro lado. Un lindo test espiritual es preguntarnos por la capacidad que tenemos de reírnos de nosotros mismos. De los demás es fácil reírse ¿no es cierto?, sacarle el cuero, reírse pero de nosotros mismos no es fácil. La risa nos salva del neopelagianismo «autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y, se sienten superiores a otros»[1]. Reíte. Rían en comunidad y no de la comunidad o de los otros. Cuidémonos de esa gente tan pero tan importante que, en la vida, se han olvidado de sonreir. “Sí, padre, pero usted no tiene un remedio, algo para…” Mira tengo dos “pastillas” que ayudan mucho: una, hablá con Jesús, con la Virgen, la oración, rezá y pedí la gracia de la alegría, de la alegría sobre la situación real; la segunda pastilla la podés hacer varias veces por día si la necesitás, sino una sola basta, miráte al espejo, miráte al espejo: “Y ¿ese soy yo?, ¿esa soy yo? Ja ja ja….”. Y eso te hace reír. Y esto no es narcisismo, al contrario, es lo contrario, el espejo, acá, sirve como cura.
Primero era entonces la alegre, la alegre conciencia de sí.

2. Lo segundo es la hora del llamado, hacernos cargo de la hora del llamado.
Juan el Evangelista recoge en su Evangelio incluso hasta la hora de aquel momento que cambió su vida. Sí, cuando el Señor a una persona le hace crecer la conciencia de que es un llamado…, se acuerda cuándo empezó todo esto: «Eran las cuatro de la tarde» (v. 39). El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después. Hace bien recordar siempre esa hora, ese día clave para cada uno de nosotros en el que nos dimos cuenta, en serio, de que “esto que yo sentía” no eran ganas o atracciones sino que el Señor esperaba algo más. Y acá uno se puede acordar: ese día me di cuenta. La memoria de esa hora en la que fuimos tocados por su mirada.
Las veces que nos olvidamos de esta hora, nos olvidamos de nuestros orígenes, de nuestras raíces; y al perder estas coordenadas fundamentales dejamos de lado lo más valioso que un consagrado puede tener: la mirada del Señor: “No padre, yo lo miro al Señor en el sagrario”— Está bien, eso está bien pero sentáte un rato y dejáte mirar y recordá las veces que te miró y te está mirando. Dejáte mirar por él. Es de lo más valioso que un consagrado tiene: la mirada del Señor. Quizá no estás contento con ese lugar donde te encontró el Señor, quizá no se adecua a una situación ideal que te «hubiese gustado más». Pero fue ahí donde te encontró y te curó las heridas, ahí. Cada uno de nosotros conoce el dónde y el cuándo: quizás un tiempo de situaciones complejas, sí; con situaciones dolorosas, sí; pero ahí te encontró el Dios de la Vida para hacerte testigo de su Vida, para hacerte parte de su misión y ser, con Él, ser caricia de Dios para tantos. Nos hace bien recordar que nuestras vocaciones son una llamada de amor para amar, para servir. No para sacar tajada para nosotros mismos. ¡Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser más numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino por amor! (cf. Dt 7,7-8). Así le dice el Deuteronomio al pueblo de Israel. No te la creas, no sos el pueblo más importante, sos de lo peorcito, pero se enamoró de ese, y bueno, qué quieren, tiene mal gusto el Señor, pero se enamoró de ese... Amor de entrañas, amor de misericordia que mueve nuestras entrañas para ir a servir a otros al estilo de Jesucristo. No al estilo de los fariseos, de los saduceos, de los doctores de la ley, de los zelotes, no, no, esos buscaban su gloria.

Quisiera detenerme en un aspecto que considero importante. Muchos, a la hora de ingresar al seminario o a la casa de formación, o noviciados fuimos formados con la fe de nuestras familias y vecinos. Ahí, aprendimos a rezar, de la mamá, de la abuela, de la tía… y después fue la catequista la que nos preparó… Y así fue como dimos nuestros primeros pasos, apoyados no pocas veces en las manifestaciones de piedad y espiritualidad popular, que en Perú han adquirido las más exquisitas formas y arraigo en el pueblo fiel y sencillo. Vuestro pueblo ha demostrado un enorme cariño a Jesucristo, a la Virgen, a sus santos y beatos en tantas devociones que no me animo a nombrarlas por miedo a dejar alguna de lado. En esos santuarios, «muchos peregrinos toman decisiones que marcan sus vidas. Esas paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de dones recibidos, que millones podrían contar»[2]. Inclusive muchas de vuestras vocaciones pueden estar grabadas en esas paredes. Los exhorto, por favor, a no olvidar, y mucho menos despreciar, la fe fiel y sencilla de vuestro pueblo. Sepan acoger, acompañar y estimular el encuentro con el Señor. No se vuelvan profesionales de lo sagrado olvidándose de su pueblo, de donde los sacó el Señor, de detrás del rebaño —como dice el Señor a su elegido [David] en la Biblia—. No pierdan la memoria y el respeto por quien les enseñó a rezar.

A mí me ha pasado que —en reuniones con maestros y maestras de novicias o rectores de seminarios, padres espirituales de seminario— sale la pregunta: “¿Cómo le enseñamos a rezar a los que entran?”. Entonces, les dan algunos manuales para aprender a meditar —a mí me lo dieron cuando entré—: “o esto haga acá”, o “aquello no”, o “primero tenés que hacer esto”, “después este otro tal paso”… Y en general, los hombres y mujeres más sensatos que tienen este cargo de maestros de novicios o de padres espirituales o rectores de seminarios optan: “Seguí rezando como te enseñaron en casa”. Y después, poco a poco, los van haciendo avanzar en otro tipo de oración. Pero, “seguí rezando como te enseñó tu madre, como te enseñó tu abuela”, que por otro lado es el consejo que San Pablo le da a Timoteo: “La fe de tu madre y de tu abuela, esa es la que tenés vos, seguí por estas”. No desprecien la oración casera porque es la más fuerte. Recordar la hora del llamado, hacer memoria alegre del paso de Jesucristo por nuestra vida, nos ayudará a decir esa hermosa oración de san Francisco Solano, gran predicador y amigo de los pobres, «Mi buen Jesús, mi Redentor y mi amigo. ¿Qué tengo yo que tú no me hayas dado? ¿Qué sé yo que tú no me hayas enseñado?».

De esta forma, el religioso, sacerdote, consagrada, consagrado, seminarista es una persona memoriosa, alegre y agradecida: trinomio para configurar y tener como «armas» frente a todo «disfraz» vocacional. La conciencia agradecida agranda el corazón y nos estimula al servicio. Sin agradecimiento podemos ser buenos ejecutores de lo sagrado, pero nos faltará la unción del Espíritu para volvernos servidores de nuestros hermanos, especialmente de los más pobres. El Pueblo de Dios tiene olfato y sabe distinguir entre el funcionario de lo sagrado y el servidor agradecido. Sabe reconocer entre el memorioso y el olvidadizo. El Pueblo de Dios es aguantador, pero reconoce a quien lo sirve y lo cura con el óleo de la alegría y de la gratitud. En eso déjense aconsejar por el Pueblo de Dios. A veces en las parroquias sucede que cuando el cura se desvía un poquito y se olvida de su pueblo —estoy hablando de historias reales, ¿no?— cuántas veces la vieja de la sacristía —como la llaman, “la vieja de la sacristía”— le dice: “Padrecito, cuánto hace que no va a ver a su mamá. Vaya, vaya a ver a su mamá que nosotros por una semana nos arreglamos con el Rosario”.

3. Tercer, la alegría contagiosa. La alegría es contagiosa cuando es verdadera. Andrés era uno de los discípulos de Juan el Bautista que había seguido a Jesús ese día. Después de haber estado con Él y haber visto dónde vivía, volvió a casa de su hermano Simón Pedro y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Ahí no más fue contagiado. Esta es la noticia más grande que podía darle, y lo condujo a Jesús. La fe en Jesús se contagia. Y si hay un cura, un obispo, una monja, un seminarista, un consagrado que no contagia es un aséptico, es de laboratorio, que salga y se ensucie las manos un poquito y ahí va a empezar a contagiar el amor de Jesús. La fe en Jesús se contagia, no puede confinarse ni encerrarse; y aquí se encuentra la fecundidad del testimonio: los discípulos recién llamados atraen a su vez a otros mediante su testimonio de fe, del mismo modo que en el pasaje evangélico Jesús nos llama por medio de otros. La misión brota espontánea del encuentro con Cristo. Andrés comienza su apostolado por los más cercanos, por su hermano Simón, casi como algo natural, irradiando alegría. Esta es la mejor señal de que hemos «descubierto» al Mesías. La alegría contagiosa es una constante en el corazón de los apóstoles, y la vemos en la fuerza con que Andrés confía a su hermano: «¡Lo hemos encontrado!». Pues «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[3]. Y ésta es contagiosa.

Esta alegría nos abre a los demás, es alegría no para guardarla, sino para transmitirla. En el mundo fragmentado que nos toca vivir, que nos empuja a aislarnos, somos desafiados a ser artífices y profetas de comunidad. Ustedes saben, nadie se salva solo. Y en esto me gustaría ser claro. La fragmentación o el aislamiento no es algo que se da «fuera» como si solamente fuese un problema del «mundo». Hermanos, las divisiones, guerras, aislamientos los vivimos también dentro de nuestras comunidades, dentro de nuestros presbiterios, dentro de nuestras Conferencias episcopales ¡y cuánto mal nos hacen! Jesús nos envía a ser portadores de comunión, de unidad, pero tantas veces parece que lo hacemos desunidos y, lo que es peor, muchas veces poniéndonos zancadillas unos a otros, ¿o me equivoco? [responden: ¡No!]. Agachemos la cabeza y cada cual ponga dentro del propio sayo lo que le toca. Se nos pide ser artífices de comunión y de unidad; que no es lo mismo que pensar todos igual, hacer todos lo mismo. Significa valorar los aportes, las diferencias, el regalo de los carismas dentro de la Iglesia sabiendo que cada uno, desde su cualidad, aporta lo propio pero necesita de los demás. Sólo el Señor tiene la plenitud de los dones, sólo Él es el Mesías. Y quiso repartir sus dones de tal forma que todos podamos dar lo nuestro enriqueciéndonos con lo de los demás. Hay que cuidarse de la tentación del «hijo único» que quiere todo para sí, porque no tiene con quién compartir. Malcriado el muchacho. A aquellos que tengan que ocupar misiones en el servicio de la autoridad les pido, por favor, no se vuelvan autorreferenciales; traten de cuidar a sus hermanos, procuren que estén bien; porque el bien se contagia. No caigamos en la trampa de una autoridad que se vuelva autoritarismo por olvidarse que, ante todo, es una misión de servicio. Los que tienen esa misión de ser autoridad piénsenlo mucho, en los ejércitos hay bastantes sargentos no hace falta que se nos metan en nuestra comunidad.

Quisiera antes de terminar: ser memorioso y las raíces. Considero importante que en nuestras comunidades, en nuestros presbiterios se mantenga viva la memoria y se dé el diálogo entre los más jóvenes y los más ancianos. Los más ancianos son memoriosos y nos dan la memoria. Tenemos que ir a recibirla, no los dejemos solos. Ellos [los ancianos], por ahí, no quieren hablar, alguno se siente un poquito abandonado… Hagámoslo hablar, sobre todo los jóvenes. Los que están en cargos de formación de los jóvenes, mándelos hablar con los curas viejos, con las monjas viejas, con los obispos viejos —dicen que las monjas no envejecen porque son eternas— mándelos a hablar. Los ancianos necesitan que les vuelvan a brillar los ojos y que vean que en la Iglesia, en el presbiterio, en la Conferencia episcopal, en el convento, hay jóvenes que llevan adelante el cuerpo de la Iglesia. Que los oigan hablar, que les pregunten los jóvenes a ellos, y a ellos ahí les van a empezar a brillar los ojos y van a empezar a soñar. Hagan soñar a los viejos. La profecía de Joel, 3,1. Hagan soñar a los viejos. Y si los jóvenes hacen soñar a los viejos les aseguro que los viejos harán profetizar a los jóvenes.

Ir a las raíces. Yo quisiera en esto —ya estoy terminando— citar un Santo Padre, pero no se me ocurre ninguno, pero voy a citar a un Nuncio apostólico. Me decía él, hablando de esto, un antiguo refrán africano que aprendió cuando él estuvo allí —porque los Nuncios apostólicos primero pasan por África y ahí aprenden muchas cosas— , y el refrán era: “Los jóvenes caminan rápido —y lo tienen que hacer— pero son los viejos los que conocen el camino”. ¿Está bien?

Queridos hermanos, nuevamente gracias y que esta memoria deuteronómica nos haga más alegres y agradecidos para ser servidores de unidad en medio de nuestro pueblo. Déjense mirar por el Señor, vayan a buscar al Señor, ahí, en la memoria. Mírense al espejo de vez en cuando. Y que el Señor los bendiga, que la Virgen Santa los cuide. Y de vez en cuando —como dicen en el campo— échenme un rezo. Gracias.

(Tomado de: facebook.com /conferencia-episcopal-peruana)

VigiliapapalEl sábado 20 de enero, participamos junto a diversas organizaciones de la sociedad civil y de Iglesia en la Vigilia por la Tierra ante la visita del Papa Francisco al Perú. Fue una jornada de reflexión y llamada de atención sobre la importancia del mensaje del Papa Francisco a través del Laudato Si para que protejamos nuestra casa común, el planeta tierra.

La campaña ciudadana denominada "Francisco nos invita a actuar" ha sido liderada por el Movimiento Ciudadano Contra el Cambio Climático (MOCICC), Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS), Cenca, Cooperacción, Red Muqui y la Comisión de Derechos Humanos & JPIC de la CONFER (que integramos como Oficina); quienes semana tras semana hemos reflexionado el mensaje de la Encíclica Laudato Si y los mensajes hacia los movimientos populares sobre el cuidado del ambiente, el liderazgo de los pueblos y jóvenes, así como la necesidad del cambio de paradigma de vida y consumo.

En Lima junto a representantes de otras organizaciones y credos, nos reunimos unidas(os) en la esperanza y comprometidos por seguir trabajando juntas(os) por el cuidado de la casa grande y en solidaridad con quienes luchan en su defensa.

En Chimbote, también participamos de la vigilia nacional por el cuidado de la creación y nuestros derechos. Porque el mensaje del Papa Francisco nos llama a actuar por nuestra casa común: la Tierra.
Así durante la vigilia, se recordó a las defensoras y defensores de la tierra pero también se logró firmar un compromiso personal y colectivo para ser protectoras(es) de la creación de Dios.

Cabe mencionar que el evento se realizó al día siguiente del Encuentro con los Pueblos Amazónicos y el Papa Francisco donde se destacó el potente discurso en defensa de la Tierra y las denuncias por los ríos contaminados, bosques talados, biodiversidad afectada y las muchas comunidades golpeadas por la violencia y, sobre todo, la indiferencia.

Fotografías de: MOCCIC y CJS Chimbote.

Fuente: Saccvi.blogspot.pe

Discurso del Papa Francisco a los niños de la Casa de acogidaLuego de su encuentro con las comunidades amazónicas y la población, el Papa Francisco se dirigió a la Casa de acogida “El Principito” donde compartió un momento con los niños que son atendidos en ese albergue.
A continuación, el discurso del Santo Padre a los niños de la casa de acogida:

Queridos hermanos y hermanas,

Queridos niños y niñas:

Muchas gracias por este bonito recibimiento y por las palabras de bienvenida. Verlos bailar me llena de alegría.

No podía marcharme de Puerto Maldonado sin venir a visitarlos. Han querido reunirse de diferentes albergues en este lindo Hogar El Principito. Gracias por los esfuerzos que han realizado para poder estar hoy aquí.
Acabamos de celebrar la Navidad. Se nos enterneció el corazón con la imagen del Niño Jesús. Él es nuestro tesoro, y ustedes niños son su reflejo, y también son nuestro tesoro, el de todos nosotros, el tesoro más preciado que tenemos que cuidar. Perdonen las veces que los mayores no lo hacemos o que no les damos la importancia que se merecen. Sus miradas, sus vidas siempre exigen un mayor compromiso y trabajo para no volvernos ciegos o indiferentes ante tantos otros niños que sufren y pasan necesidad. Ustedes, sin lugar a dudas, son el tesoro más preciado que debemos cuidar.

Queridos niños del Hogar ‘El Principito’ y jóvenes de los otros hogares de acogida. Sé que algunos de ustedes a veces están tristes por la noche. Sé que echan de menos al papá o la mamá que no está, y sé también que hay heridas que duelen mucho. Dirsey, vos fuiste valiente y nos lo compartiste. Y me decías «que mi mensaje sea una luz de esperanza». Pero déjame decirte algo: tu vida, tus palabras y la de ustedes son una luz de esperanza. Quiero darles las gracias por su testimonio. Gracias por ser luz de esperanza para todos nosotros.

Me alegra ver que tienen un hogar donde son acogidos, donde con cariño y amistad los ayudan a descubrir que Dios les tiende las manos y les pone sueños en el corazón.
¡Qué testimonio tan bueno el de ustedes jóvenes que han transitado por este camino, que ayer se llenaron de amor en esta casa y hoy han podido formar su propio futuro! Ustedes son para todos nosotros la señal de las inmensas potencialidades que tiene cada persona. Para estos niños y niñas son el mejor ejemplo a seguir, la esperanza de que ellos también podrán. Todos necesitamos modelos a seguir; los niños necesitan mirar para adelante y encontrar modelos positivos: «Quiero ser como él o como ella», sienten y dicen. Todo lo que ustedes jóvenes puedan hacer, como venir a estar con ellos, a jugar, a pasar el tiempo es importante. Sean para ellos, como decía el Principito, las estrellitas que iluminan en la noche.[1]

Algunos de ustedes, jóvenes que nos acompañan, proceden de las comunidades nativas. Con tristeza ven la destrucción de los bosques. Sus abuelos les enseñaron a descubrirlos, en ellos encontraban sus alimentos y la medicina que los sanaba. Hoy son devastados por el vértigo de un progreso mal entendido. Los ríos que acogieron sus juegos y les regalaron comida hoy están enlodados, contaminados, muertos. Jóvenes, no se conformen con lo que está pasando. No renuncien al legado de sus abuelos, no renuncien a su vida ni a sus sueños. Me gustaría estimularlos a que estudien; prepárense, aprovechen la oportunidad que tienen para formarse. El mundo los necesita a ustedes, jóvenes de los pueblos originarios, y los necesita tal y como son. ¡No se conformen con ser el vagón de cola de la sociedad, enganchados y dejándose llevar! Los necesitamos como motor, empujando. Escuchen a sus abuelos, valoren sus tradiciones, no frenen su curiosidad. Busquen sus raíces y, a la vez, abran los ojos a lo novedoso, sí… y hagan su propia síntesis. Devuélvannos al mundo lo que aprenden porque el mundo los necesita originales, como realmente son, no como imitaciones. Los necesitamos auténticos, jóvenes orgullosos de pertenecer a los pueblos amazónicos y que aportan a la humanidad una alternativa de vida verdadera. Amigos, nuestras sociedades tantas veces, necesitan corregir el rumbo y ustedes, los jóvenes de los pueblos originarios —estoy seguro—, pueden ayudar muchísimo con este reto, sobre todo enseñándonos un estilo de vida que se base en el cuidado y no en la destrucción de todo aquello que se oponga a nuestra avaricia.

Quiero agradecer al padre Xavier, a los religiosos y religiosas, misioneras laicas que hacen una labor fabulosa y a todos los benefactores que conforman esta familia. A los voluntarios que regalan su tiempo gratuito que es como bálsamo refrescante en las heridas. También agradecer a quienes fortalecen a estos jóvenes en sus identidades amazónicas y los ayudan a forjar un futuro mejor para sus comunidades y para todo el planeta.
Niños, pidamos a Dios que nos dé la bendición.

Que el Señor tenga piedad y los bendiga, ilumine su rostro sobre ustedes, que el Señor tenga piedad y misericordia y los colme con toda clase de favores, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén (cf. Nm 6,24-26; Sal 66; Bendición del Tiempo Ordinario).

Les pido un favor, que recen por mí y gracias por ser las estrellitas que iluminan en la noche.

(Tomado de: facebook.com /conferencia-episcopal-peruana)

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