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Francisco con los pobresEl 19 de noviembre de 2017 se celebrará por primera vez la Jornada Mundial de los Pobres instituida por el Papa Francisco el 21 de noviembre de 2016 al final del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. “A la luz del ‘Jubileo de las personas socialmente excluidas’, mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intuí que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la Jornada mundial de los pobres”, explicó en esa ocasión el Papa.

Compartimos los Recursos para la "JORNADA MUNDIAL POR LO POBRES", que se llevará a cabo el domingo 19 de noviembre

Guía de Oración 'No amemos de palabras sino con obras': http://bit.do/dRHRo
Libro temático 'Los pobres primero en la Vida de la Iglesia': http://bit.do/dRToD
Mensaje del Papa Francisco aquí el enlace: http://bit.do/dQ4Mh
Presentación 'Los Pobres en la Biblia y en el Magisterio de la Iglesia': http://bit.do/dRTpa

27° Domingo de Tiempo Ordinario (Ciclo A) Mateo 21,33-43

José Antonio PAGOLA

PARABOLA LOS VIÑADORESLa parábola de los «viñadores homicidas» es un relato en el que Jesús va descubriendo con acentos alegóricos la historia de Dios con su pueblo elegido. Es una historia triste. Dios lo había cuidado desde el comienzo con todo su cariño. Era su «viña preferida». Esperaba hacer de ellos un pueblo ejemplar por su justicia y su fidelidad. Sería una «gran luz» para todos los pueblos.

Sin embargo, aquel pueblo fue rechazando y matando uno tras otro a los profetas que Dios les iba enviando para recoger los frutos de una vida más justa. Por último, en un gesto increíble de amor, les envió a su propio Hijo. Pero los dirigentes de aquel pueblo terminaron con él. ¿Qué puede hacer Dios con un pueblo que defrauda de manera tan ciega y obstinada sus expectativas?

Los dirigentes religiosos que están escuchando atentamente el relato responden espontáneamente en los mismos términos de la parábola: el señor de la viña no puede hacer otra cosa que dar muerte a aquellos labradores y poner su viña en manos de otros. Jesús saca rápidamente una conclusión que no esperan: «Por eso yo os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le entregará a un pueblo que produzca frutos».

Comentaristas y predicadores han interpretado con frecuencia la parábola de Jesús como la reafirmación de la Iglesia cristiana como el «nuevo Israel» después del pueblo judío, que, con la destrucción de Jerusalén el año 70, se ha dispersado por todo el mundo.

Sin embargo, la parábola está hablando también de nosotros. Una lectura honesta del texto nos obliga a hacernos graves preguntas: ¿estamos produciendo en nuestros tiempos «los frutos» que Dios espera de su pueblo: justicia para los excluidos, solidaridad, compasión hacia los que sufren, perdón…?

Dios no tiene por qué bendecir un cristianismo estéril del que no recibe los frutos que espera. No tiene por qué identificarse con nuestra mediocridad, nuestras incoherencias, desviaciones y poca fidelidad. Si no respondemos a sus expectativas, Dios seguirá abriendo caminos nuevos a su proyecto de salvación con otras gentes que produzcan frutos de justicia.

Nosotros hablamos de «crisis religiosa», «descristianización», «abandono de la práctica religiosa»… ¿No estará Dios preparando el camino que haga posible el nacimiento de una Iglesia menos poderosa, pero más evangélica; menos numerosa, pero más entregada a hacer un mundo más humano? ¿No vendrán nuevas generaciones más fieles a Dios que nosotros?

Jesús camino x Emaus3er. Domingo de Pascua (Ciclo A) Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús se van alejando de Jerusalén. Caminan tristes y desolados. Cuando lo han visto morir en la cruz, en su corazón se ha apagado la esperanza que habían puesto en él. Sin embargo continúan pensando en él. No lo pueden olvidar. ¿Habrá sido todo una ilusión?
 
Mientras conversan y discuten de todo lo vivido, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Aquel Jesús en el que tanto habían confiado y al que habían amado con pasión les parece ahora un caminante extraño.
 
Jesús se une a su conversación. Los caminantes lo escuchan primero sorprendidos, pero poco a poco algo se va despertando en su corazón. No saben exactamente qué les está sucediendo. Más tarde dirán: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».
 
Los caminantes se sienten atraídos por las palabras de Jesús. Llega un momento en que necesitan su compañía. No quieren dejarle marchar: «Quédate con nosotros». Durante la cena se les abrirán los ojos y lo reconocerán. Este es el gran mensaje de este relato: cuando acogemos a Jesús como compañero de camino, sus palabras pueden despertar en nosotros la esperanza perdida.
 
Durante estos años, muchas personas han perdido su confianza en Jesús. Poco a poco se les ha ido convirtiendo en un personaje extraño e irreconocible. Todo lo que saben de él es lo que pueden reconstruir, de manera parcial y fragmentaria, a partir de lo que han escuchado a predicadores y catequistas.
 
Sin duda, la homilía de los domingos cumple una tarea insustituible, pero resulta claramente insuficiente para que las personas de hoy puedan entrar en contacto directo y vivo con el Evangelio. Tal como se lleva a cabo, ante un pueblo que ha de permanecer mudo, sin exponer sus inquietudes, interrogantes y problemas, es difícil que logre regenerar la fe vacilante de tantas personas que buscan, a veces sin saberlo, encontrarse con Jesús.
 
¿No ha llegado el momento de instaurar, fuera del contexto de la liturgia dominical, un espacio nuevo y diferente para escuchar juntos el Evangelio de Jesús? ¿Por qué no reunirnos laicos y presbíteros, mujeres y hombres, cristianos convencidos y personas que se interesan por la fe, a escuchar, compartir, dialogar y acoger el Evangelio de Jesús?
 
Hemos de dar al Evangelio la oportunidad de entrar con toda su fuerza transformadora en contacto directo e inmediato con los problemas, crisis, miedos y esperanzas de la gente de hoy. Pronto será demasiado tarde para recuperar entre nosotros la frescura original del Evangelio. Hoy es posible. Esto es lo que se pretende con la propuesta de los Grupos de Jesús

José Antonio Pagola

2016 2do domingo« Está escrito en el Profeta Isaías: ' Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al señor, allanad sus senderos' . Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: 'Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo'.»

La venida de Cristo exige una continua conversión. El tiempo del Adviento, es una llamada a la conversión para preparar los caminos del Señor y acoger al Señor que viene. El Señor ya no quiere nacer en una cueva, el Señor quiere nacer, ahora, en cada uno de los corazones de los hombres.

Prepara el camino (dar click aquí)

Palabras de vida (dar click aquí)

Evangelio (dar click aquí)

Salmos (dar click aquí)

Buena esperaYa es adviento. La Iglesia nos invita a prepararnos para recibir al Señor. Este tiempo fuerte de preparación para la Navidad, quiere ayudarnos no sólo a revivir los hechos históricos de la encarnación del Hijo de Dios, que por sí mismo ya encierran una bellísima lección sobre el amor que él nos tiene, sino que quiere también recordarnos que nuestra vida en este mundo es una continua vigilia esperando la plenitud, es una incesante preparación para poder abrazar la eternidad, es un constante anhelo y súplica por el día del Señor.

Infelizmente, existen muchas distracciones en este mundo.

Muchas veces nos ocupamos demasiado y nos preocupamos exageradamente con cosas que son banales y vanas, y así, nos olvidamos o no conseguimos encontrar el tiempo para hacer aquellas cosas que realmente son importantes en nuestra vida.

Cuando esto sucede, entonces despacito, sin que nos demos cuenta, nuestra vida va perdiendo el color, se va tornando opaca y sin vigor, nos vamos despersonalizando, nuestras relaciones con los demás, especialmente con los que nos son más cercanos, se van quedando cada vez más superficiales y frías, por fin, nos transformamos en una pieza de un engranaje, en un instrumento de otros.

Así vamos, hasta que algo grave e inesperado nos suceda, haciéndonos despertar, abriendo nuestros ojos y haciéndonos gritar: ¿qué es lo que hice con mi vida? Algunas veces, aún tenemos tiempo para cambiar nuestra actuación y reconquistar lo que estábamos perdiendo, pero otras veces ya es demasiado tarde: ya se perdió la familia, los amigos, la edad, los sueños, la dignidad...

Es así que, en la vida de muchos el Señor llega en las horas más inesperadas, y estando tan entretenidos con sus cosas, ni se dan cuenta, y él pasa... y estas personas pierden la oportunidad de la gracia...

Así sucedió con los contemporáneos de Noé, así sucedió con los contemporáneos de Jesús, así sucede con nosotros y con nuestros contemporáneos. Distraídos, ciegos e insensibles no nos damos cuenta que la hora ya llegó, que la vida está pasando, que Dios tiene un proyecto para nosotros.

Y si hoy Jesús llegara en mi vida y me dijera: “¡Ven, empecemos hoy la plenitud!”

Será que yo le diría: ¡Qué bien que ya viniste! Te estaba esperando. Todo en mi vida es dirigido hacia esta hora. Cada día yo esperaba que fuera tu día. En cada acción sabía que podrías estar ya a la puerta. ¡Gracias porque ya llegaste!

Yo sé que no es fácil vivir de este modo. Cuántas veces ya me dejé encandilar por las luces de este mundo, y acabé atropellando todo y a todos. Sin embargo, yo sé muy bien que este no es mi ideal de vida. No vine a este mundo para consumirme en cosas sin valor, o para satisfacerme con tonterías.

Por eso mi hermano creo que, para mantenernos en constante vigilia, nada mejor que la vida de los sacramentos en la Iglesia. Ellos nos ayudan a estar siempre alertas...

De hecho, la Iglesia no deja de clamar: “¡Ven Señor Jesús!”

Pues, ella sabe que, cuando su esposo llegue, todas las cosas serán nuevas. Ella sabe que, cuando él llegue y abra la puerta, si la encuentra con su lámpara encendida, la hará participar de una fiesta eterna…Ella sabe que él tiene un pan que sacia cualquier hambre, una bebida que mata cualquier sed.

Ella sabe que él tiene una luz que disipa toda oscuridad, toda duda. Ella sabe que él curará todas sus heridas, realizará todos sus deseos, y la protegerá para siempre. Ella sabe que solo él, de verdad, la puede hacer completamente feliz… No es sin motivo que ella insiste tanto: “¡Ven Señor Jesús!” “¡No tardes!”

También nosotros, en nuestra vida personal, debemos aprender a vivir en la misma dinámica eclesial: “¡Ven Señor Jesús!” “¡No tardes!”

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.

Hna. Inmaculada Contreras Márquez

Estén preparados (dar click aquí)

Vendra (dar click aquí)

SMartaPapaAntes de juzgar a los otros es necesario mirarse al espejo y ver cómo somos. Es la invitación del papa Francisco en la misa de esta mañana celebrada en Santa Marta, la última antes del descanso por el verano. El Pontífice ha subrayado que lo que diferencia el juicio de Dios del nuestro no es la omnipotencia sino la misericordia.
Reflexionando sobre el Evangelio del día, el Santo Padre ha recordado que el juicio pertenece solo a Dios y por eso si no queremos ser juzgados también nosotros no debemos juzgar a los otros. Todos nosotros queremos que en el Día del Juicio, “el Señor nos mire con benevolencia, que el Señor se olvide de muchas cosas feas que hemos hecho en la vida”, ha asegurado.
Por eso si “tú juzgas continuamente a los otros con la misma medida, tú serás juzgado”. El Señor nos pide que nos miremos al espejo. “Mírate al espejo, pero no para maquillarte, para que no se vean las arrugas. No, no, no, ¡ese no es el consejo! Mírate al espejo para mírate a ti, como tú eres”, ha invitado Francisco. Querer quitar la mota del ojo ajeno, mientras que en tu ojo hay una viga. El Señor dice que cuando hacemos esto hay solo una palabra para definirlo: “hipócrita”.
Por eso, el Pontífice ha observado que se ve que el Señor aquí “se enfada un poco”, dice que somos hipócritas cuando nos ponemos “en el sitio de Dios”. Y así, ha recordado que esto es lo que la serpiente ha convencido a hacer a Adán y Eva: “si coméis de esto seréis como Él”. Ellos –ha precisado– querían ponerse en el sitio de Dios.
Asimismo ha explicado que por esto es tan feo juzgar. El juicio corresponde solo a Dios. “A nosotros el amor, la comprensión, el rezar por los otros cuando vemos cosas que no son buenas, pero también hablar con ellos: pero, mira, yo veo esto, quizá…’ pero no juzgar”, ha aseverado.
El Santo Padre ha proseguido su homilía subrayando que cuando juzgamos “nos ponemos en el sitio de Dios” pero “nuestros juicio es un juicio pobre” , nunca “puede ser un juicio verdadero”. Y nuestro juicio no es como el de Dios no por su omnipotencia, sino “porque a nuestro juicio le falta misericordia, y cuando Dios juzga, juzga con misericordia”.
Finalmente, el Papa ha invitado a pensar hoy en lo que el Señor nos pide: no juzgar para no ser juzgados, la medida con la que juzgamos será la misma que usarán con nosotros y mirarnos al espejo antes de juzgar. De lo contrario seremos un “hipócrita” porque nos ponemos en el sitio de Dios y porque nuestro juicio es pobre porque le falta algo importante que tiene el juicio de Dios, le falta misericordia

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