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"Mis ovejas conocen mi voz y yo las conozco a ellas. Ellas me siguen y yo les doy la vida eterna." (Jn 10, 27)

Después de la muerte y resurrección de Jesús, la vida de sus discípulos no podía ser la misma. Ellos ahora sabían que Jesús es el Señor, que es el Dios viviente y todopoderoso. Todas las cosas que él había dicho antes: sus promesas, sus enseñazas, sus mandamientos... tienen mucho más sentido y valor. La luz de la resurrección de Cristo iluminaba todo el pasado que ellos habían vivido juntos y ven perspectivas muy bonitas y desafiantes para el futuro.
Ciertamente fue muy reconfortante para los discípulos recordar que Jesús había dicho "yo soy el Buen Pastor". Ahora que ya había pasado todo (la pasión, la cruz, la muerte, la sepultura y su gloriosa resurrección), ellos podían entender mejor lo que significaban aquellas palabras, antes tan enigmáticas: "El buen pastor da su vida por sus ovejas." o "yo mismo doy mi vida, y la volveré a tomar".
En la época de Jesús, todos estaban acostumbrados con los pastores. Ellos sabían que muchos pastores trabajaban solamente por la plata, y que jamás correrían peligro por sus ovejas. Sabían que muchos pastores eran incapaces de renunciar a alguna comodidad, para salir a buscar una oveja que se había extraviado. Sabían también que hasta los mejores pastores cuidaban las ovejas por interés, para tener lana, para tener leche, para tener un día la carne, pues nadie hacía este trabajo sólo por amor a las ovejas. Por todo esto, las palabras de Jesús cuando fueron dichas, antes de su misterio pascual, no tenían mucho sentido. Jesús les hablaba de un modo de ser pastor,  como ellos nunca habían visto antes. No podían ni imaginar que un pastor pudiera dar la vida por sus ovejas, esto era simplemente un absurdo, un hombre vale mucho más que estos animales. Así como no les era concebible pensar en la posibilidad que un Dios pudiera aceptar ser torturado y ser muerto para salvar a los hombres.
Por eso, yo me imagino la consolación y la fuerza que sintieron los apóstoles cuando empezaron a recordar las palabras de Jesús.
También nosotros estamos invitados en este domingo a escuchar a Cristo resucitado que nos repite a cada uno: "Yo soy tu buen Pastor. Y estoy dispuesto a sufrir todo de nuevo por ti. Soy capaz de dar mi vida para que seas feliz.  Nadie me obliga, pero con el amor que te tengo, no puedo cruzar los brazos y dejarte. No quiero perder a ninguno de los que el Padre me dio."
Pero, por otro lado, los discípulos se sentían comprometidos con este Señor. No era solamente un recuerdo sentimental, que dejaba todo igual. Ellos querían escuchar la voz de este Buen Pastor. Ellos querían seguir sus pasos. Ellos querían tener ya la vida eterna. Y lo hicieron con mucha fuerza y decisión.
¿Y nosotros?

Hna. Inmaculada Contreras Márquez

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Por José María Martín OSA
11.- Celebrar y vivir la Palabra de Dios. Llama la atención la forma en que el pueblo celebra la presentación del Libro de la Ley en tiempos del profeta-sacerdote Esdras y del gobernador Nehemías. Esdras concluye la proclamación de la Ley con una alabanza al Señor, y todo el pueblo responde con una aclamación y un asentimiento a la voluntad del Señor, alzando las manos y diciendo amén, amén. Es la renovación de la Alianza: Dios da su palabra y el pueblo se compromete a cumplirla. Su futuro depende de que así sea. Esdras y Nehemías animan al pueblo para que no se aflija y se alegre en el Señor. Porque el Señor es la fortaleza de Israel. La palabra proclamada ante el pueblo y aceptada por el pueblo, comentada después e interiorizada por cada uno, lleva a la responsabilidad y a la conversión de todos. Los que han participado de una misma palabra, tomarán parte también en un mismo banquete para celebrar la fiesta de la reconciliación. Nadie debe quedar al margen de esta fiesta, y menos aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca, los pobres de Yavé. La reconciliación con Dios y la aceptación de su voluntad implica necesariamente la reconciliación entre los hombres y la acogida a los pobres a los que ama el Señor. Cada domingo lo que escuchamos en las lecturas debería ser "palabra de vida", de tal manera que, al escuchar lo que Dios nos dice, intentemos llevarlo a la práctica durante toda la semana.
22.- «Destinados a proclamar las grandezas del Señor» (1 Pe 2,9). La pluralidad de miembros en la Iglesia es la pluralidad de miembros incorporados a Cristo. La Iglesia sólo es cuerpo en la medida que es cuerpo de Cristo. De él recibe la Iglesia su unidad y su pluralidad. Porque él es el principio rector y organizador, la plenitud de la que participan todos los miembros, cada uno según su carisma. Por lo tanto, la unidad de la Iglesia no es el resultado de un convenio entre sus miembros, sino más bien la consecuencia de la incorporación de estos miembros a Cristo y por Cristo. De ahí se sigue el imperativo ético de permanecer unidos cuantos se confiesan cristianos. Si todos los cristianos son miembros de un mismo cuerpo, esto significa: que en la Iglesia no hay miembros pasivos, que en la Iglesia cada uno tiene su función y su carisma; que todos son solidarios y nadie puede ser cristiano individualmente; que las diferencias que nos separan en el mundo quedan superadas en Cristo.
encuentro3.- Como cada mes de enero, entre los días 18 y 25, se desarrolla en todas las iglesias cristianas la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que en esta ocasión tiene por lema «Destinados a proclamar las grandezas del Señor» (1 Pe 2,9). El Papa Francisco ha hablado frecuentemente sobre el ecumenismo de la sangre que une hoy a los cristianos, del sufrimiento que nos une “contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre” (cfr. Hch 5,41). El que persigue hoy día a los cristianos, el que nos unge con el martirio, sabe que los cristianos son discípulos de Cristo: ¡que son uno, que son hermanos! No le interesa si son evangélicos, ortodoxos, luteranos, católicos, apostólicos… ¡no le interesa! Son cristianos.

Jesús leyendo la Sagrada Escritura“El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista”

24 de enero de 2016, 3 Tiempo ordinario (C)
Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.
Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres,
para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista.
Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor».

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: - Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

 

EN LA MISMA DIRECCIÓN
José Antonio Pagola

Antes de comenzar a narrar la actividad de Jesús, Lucas quiere dejar muy claro a sus lectores cuál es la pasión que impulsa al Profeta de Galilea y cuál es la meta de toda su actuación. Los cristianos hemos de saber en qué dirección empuja a Jesús el Espíritu de Dios, pues seguirlo es precisamente caminar en su misma dirección.
Lucas describe con todo detalle lo que hace Jesús en la sinagoga de su pueblo: se pone de pie, recibe el libro sagrado, busca él mismo un pasaje de Isaías, lee el texto, cierra el libro, lo devuelve y se sienta. Todos han de escuchar con atención las palabras escogidas por Jesús pues exponen la tarea a la que se siente  enviado por Dios.
Sorprendentemente, el texto no habla de organizar una religión más perfecta o de implantar un culto más digno, sino de comunicar liberación, esperanza, luz y gracia a los más pobres y desgraciados. Esto es lo que lee. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor ». Al terminar, les dice: «Hoy se cumple esta Escritura  que acabáis de oír».   
El Espíritu de Dios está en Jesús enviándolo a los pobres, orientando toda su vida hacia los más necesitados, oprimidos y humillados. En esta dirección hemos de trabajar sus seguidores. Ésta es la orientación que Dios, encarnado en Jesús, quiere imprimir a la historia humana. Los últimos han de ser los primeros en conocer esa vida más digna, liberada y dichosa que Dios quiere ya desde ahora para todos sus hijos e hijas.
No lo hemos de olvidar. La "opción por los pobres" no es un invento de unos teólogos del siglo veinte, ni una moda puesta en circulación después del Vaticano II. Es la opción del Espíritu de Dios que anima la vida entera de Jesús, y que sus seguidores hemos de introducir en la historia humana. Lo decía Pablo VI: es un deber de la Iglesia "ayudar a que nazca la liberación...y hacer que sea total".
No es difícil observar entre nosotros los rasgos más característicos del individualismo moderno. Para muchos, el ideal de la vida es «sentirse bien». Todo lo demás viene después. Lo primero es mejorar la calidad de vida, evitar lo que nos puede molestar, y asegurar, como sea, nuestro pequeño bienestar material, sicológico y afectivo.
Para lograrlo, cada uno debe organizarse la vida a su gusto. No hay que pensar en los problemas de los demás. Lo que haga cada uno es cosa suya. No es bueno meterse en la vida de otros. Bastante tiene uno con sacar adelante su propia vida.
No es posible vivir y anunciar a Jesucristo si no es desde la defensa de los últimos y la solidaridad con los excluidos. Si lo que hacemos y  proclamamos desde la Iglesia de Jesús no es captado como algo bueno y liberador por los que más sufren, ¿qué evangelio estamos predicando? ¿A qué Jesús estamos siguiendo? ¿Qué espiritualidad estamos promoviendo?. Dicho de manera clara: ¿qué impresión tenemos en la iglesia actual? ¿estamos caminando en la misma dirección que Jesú?

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