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Mons Romero 3Carlos Ayala Ramírez
 
El lema de la campaña sobre la beatificación de monseñor Romero, escogido por la jerarquía de la Iglesia católica salvadoreña, es “Romero, mártir por amor”. El lema tiene un sentido profundo, pero también conlleva un peligro. Como se sabe, uno de los riesgos más graves de todos los valores universales —el amor no es la excepción— es que su interpretación abstracta puede derivar fácilmente en algo vago, genérico y puramente conceptual. Es el peligro de hablar del amor ideal sin hacer referencia al amor real o, peor aún, enfatizar su carácter puramente formal para eludir las exigencias concretas que demandaría una vida animada y orientada por el amor, en un contexto donde este no solo parece irrelevante, sino ajeno al mundo social, político, económico y cultural. De ahí que para entender lo que puede significar monseñor Romero como mártir del amor, hay que ver cómo era la realidad en la que desarrolló su ministerio y cuál fue su reacción desde su profundo amor cristiano.
Según los Evangelios, el amor-modelo está ejemplificado en la vida de Jesús de Nazaret. Es emblemático en este sentido el conocido texto de Juan ubicado en el marco de un largo discurso de despedida que dio Jesús a sus discípulos, donde se recogen algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus seguidores a lo largo de los tiempos para ser fieles a él y a su proyecto: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos”. Y en una ocasión, cuando se le pregunta a Jesús cuál es el primero de todos los mandatos, él responde que el amor a Dios y al prójimo. Y en coherencia con ello, su vida estuvo radicalmente animada por el amor.
Los relatos evangélicos nos dan testimonio de una persona que era esencialmente un ser humano para los otros. El Apóstol Pedro lo describe así: “Saben que Dios llenó de poder y Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y que Jesús anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que sufrían bajo el poder del mal. Esto lo pudo hacer porque Dios estaba con él”. La forma de amar de Jesús, pues, estuvo configurada por el Espíritu de Dios y por la realidad de su pueblo, al que miraba como “ovejas sin pastor”. Esto lo llevó a compadecerse de las muchedumbres hambrientas y desorientadas; a rechazar que sus discípulos lo llamaran “maestro”, sino “amigo”; a sentir una profunda tristeza ante la muerte de su amigo Lázaro. Y ese mismo modo de amar lo lleva también a indignarse ante la dureza de corazón de quienes pasan de largo ante el sufrimiento humano; lo lleva a desenmascarar a los que explotan al pueblo en la esfera social o religiosa: ricos, escribas, fariseos, sacerdotes o gobernantes. Por su forma de amar, amparó y devolvió dignidad a los considerados inmorales; a los paganos y samaritanos, a las mujeres, niños y enfermos; y a los pobres sin poder.
Ese amor-modelo, hecho realidad en la vida de Jesús, es el que buscó concretar monseñor Romero en su propia historia. Desde su fe profunda y a la luz de la palabra de Dios y del pensamiento social de la Iglesia, habló de las consecuencias históricas del pecado en El Salvador, que se presentan con rasgos muy trágicos y exigencias cristianas muy urgentes: “Mortalidad infantil, falta de vivienda, problemas de salud, salarios de hambre, desempleo, desnutrición, inestabilidad laboral”. La situación de extrema pobreza generalizada, dijo, “adquiere, en la vida real, rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, que nos cuestiona e interpela: rostros de niños golpeados por la pobreza desde antes de nacer, rostros de jóvenes desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad, rostros de campesinos privados de tierra, rostros de obreros frecuentemente mal pagados y con dificultades para organizarse, rostros de subempleados y desempleados excluidos por modelos de desarrollo económico, rostros de marginados y hacinados urbanos que carecen de lo fundamental frente a la ostentación de la riqueza de otros, rostros de ancianos frecuentemente marginados por la sociedad”.
Con respecto a la violencia represiva del Estado, son bien conocidas sus palabras proféticas, que movieron el piso a los que se denominaban cuerpos de seguridad: “Yo quisiera hacer un llamamiento muy especial a los hombres del Ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos, y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: ‘No matar’”. Sin duda, a monseñor Romero le impactó hondamente el sufrimiento del pueblo salvadoreño; al sistema que lo provocaba lo calificó de “desorden espantoso”, “pecado estructural escandaloso”, “imperio del infierno”. Formas recias para señalar lo que produce la injusticia, la inequidad y la crueldad de la violencia. Él consideraba que la Iglesia traicionaría su mismo amor a Dios y su fidelidad al Evangelio si dejaba de ser defensora de los que en un momento llamó “el Divino traspasado”. Y en coherencia con ese amor y esa fidelidad, defendió, acompañó y se involucró con las víctimas de ese sufrimiento. Así fue su forma de amar.
Ahora bien, el amor de monseñor Romero no se reduce a un sentimiento caritativo, a un alivio de urgencias individuales, a una actividad puramente paternalista. Se constituyó en una fuerza ética y profética que interpeló a las estructuras indolentes e inhumanas promotoras de injusticia y exclusión, e inspiró un modo de convivencia fundamentado en el respeto a los derechos de los pobres, la indignación por el daño injusto y la compasión ante el sufrimiento de las víctimas que llega hasta las entrañas. Esa forma de amar desató el rechazo y el odio por parte de quienes se sintieron cuestionados. Lo denigraron y lo amenazaron. Y en ese contexto de muerte anunciada, Romero expresó en su último retiro espiritual: “Mi otro temor es acerca de los riesgos de mi vida. Me cuesta aceptar una muerte violenta que en estas circunstancias es muy posible (…) Las circunstancias desconocidas se vivirán con la gracia de Dios. Él asistió a los mártires y si es necesario, lo sentiré muy cerca al entregarle el último suspiro. Pero más valioso que el momento de morir, es entregarla toda la vida y vivir para él”.
Por todo ello, podemos afirmar que efectivamente monseñor Romero fue un “mártir por amor”. Y desde la concreción histórica, debemos decir que lo fue por amor a los pobres, al Evangelio, la verdad y la justicia. Jon Sobrino lo resume en los siguientes términos: “Entre nosotros, el ejemplo más preclaro de mártir es monseñor Romero. Se compadeció de un pueblo de pobres, víctimas de la opresión de la injusticia y de la represión violenta. Se puso a su servicio y los defendió de sus opresores, oligarquía, cuerpos de seguridad, Fuerza Armada, escuadrones de la muerte, prensa mentirosa. Por eso, sobre él cayó la difamación y la persecución. Se mantuvo fiel, fue asesinado y resucitó en su pueblo. Muchos lo han llorado como se llora a un padre. Le rezan, le hacen poesías y le dedican cantos. Y sigue derramando su espíritu. Muchos ponen a producir lo que él fue”.
En un mundo indolente, esta forma de amar se torna —hoy, como ayer— en uno de los mayores desafíos que tiene la humanidad. Dicho en palabras de monseñor Romero: “Esta es la gran enfermedad del mundo de hoy: no saber amar. Todo es egoísmo, todo es explotación del hombre por el hombre. Todo es crueldad (…) todo es violencia (…) ¡Se hacen tantas groserías de hermanos contra hermanos! Jesús, ¡cómo sufrirás al ver el ambiente de nuestra patria de tantos crímenes y tantas crueldades! (…) Me parece mirar a Cristo, entristecido, diciendo: “Y yo les había dicho que se amaran como yo los amo’”.

Mons Romero 2

 

San Agustín decía que al “mártir lo hace la causa, no el castigo del perseguidor”. Por eso, en este tiempo, conviene reflexionar sobre las causas de Monseñor Romero. Porque son sus causas, sus ideales, sus principios de acción, los que nos puede iluminar hoy para transformar la realidad. Es evidente que la gran causa de Romero era la santidad en el seguimiento de Cristo. Pero esa causa adquiría matices muy concretos en su diario vivir. En su tiempo de arzobispo podemos decir que tanto el Cristo al que seguía como su Evangelio le pedían defender a los pobres y ser voz de quienes no tenían voz para defender sus derechos. En un momento en que la dignidad humana se negaba con facilidad, exigir respetarla se mostraba indispensable desde la vivencia cristiana. Y Romero estaba afianzado radicalmente en el mensaje evangélico que considera a todas las personas hijos e hijas de Dios, con una dignidad inalienable. La causa de la vida era la primera de este santo. Matar a un hijo o hija de Dios era atentar contra Dios. Y por eso Romero insistía en el “no matarás”. Ese “no matarás” que cuando se lo dijo a los soldados le costó la vida.
La causa de Romero, la vida en dignidad de los pobres, le llevaba a ser testigo de la verdad y simultáneamente a luchar para desmontar la serie de mentiras, idolatrías que rompían la hermandad y la vida del pueblo salvadoreño. La idolatría de la riqueza era, según nuestro mártir, la más dura de todas ellas. La insistencia en los derechos de los trabajadores, las quejas en torno al salario mínimo, la cita de la carta de Santiago sobre el salario de los trabajadores del campo eran palabras habituales en él. Hoy no podemos celebrarlo a gusto si no miramos también esa ley del salario mínimo salvadoreño, injusta y ofensiva con los trabajadores del campo. Y así como defendía a los pobres, recordaba a los ricos sus responsabilidades. El destino universal de los bienes, la prioridad del trabajo sobre el capital, la hipoteca social del capital, tres afirmaciones clave en la doctrina social de la Iglesia y en el pensamiento de Romero, no se vivían en su tiempo ni se viven en el nuestro. Esta era la segunda de sus causas, que la vida del pobre se respete, se le otorgue la dignidad que merece.
La paz era otra de sus causas. Monseñor Romero era un pacifista declarado. Creía en el diálogo, en la conversión, en la fuerza del Evangelio que impulsa a la hermandad. Creía en la superación del odio. Y creía también en la igual dignidad de la persona. Sabía que toda violencia comienza despreciando la igual dignidad de la persona. Y por eso trataba de restaurarla con su voz, con su ejemplo, con su fuerza personal, con su diálogo con todos. Sus repetidas declaraciones insistiendo en que la única violencia posible es la que se hace uno a sí mismo cuando se lucha contra el propio egoísmo o espíritu de venganza le muestran como alguien que cree posible la reconciliación. Pero reconciliación sobre la verdad y la justicia, no sobre frases vacías que no transforman la realidad. Sabía que la paz está íntimamente unida a la justicia y por eso insistía en esta como camino hacia aquella. Escuchaba a todos, pero pedía, también a todos, que dejaran aparte sus intereses individuales para llegar a un bien social del que se pudiera decir con razón que era un bien común.
Ciertamente, esas causas estaban impregnadas y brotaban de su amor a Dios y a los hijos e hijas de Dios. Pero eran causas claras. Defensa de la vida en un tiempo, parecido al actual, en el que valía muy poco y demasiados pensaban que asesinar podía ser solución para los conflictos. Defensa de la dignidad y de los derechos humanos en un tiempo en que se explotaba a los pobres y se comenzaba a exhibir una desigualdad brutal y ofensiva. Desigualdad que hoy permanece agresiva y dura sin que nos indigne ni nos saque de una excesiva indiferencia. Desigualdad sistemáticamente ocultada por los medios de comunicación que ayer persiguieron al obispo mártir y que hoy siguen ocultándola. Desigualdad que se sigue mostrando en los salarios, multiplicando la inequidad tanto en la realidad como en la ley del salario mínimo. Y finalmente, defensa de la paz con justicia. Esa paz social que hoy decimos que queremos, pero que no nos atrevemos a ponerle la justicia como condimento indispensable.
Monseñor Romero fue como Jesús y con él, “testigo de la verdad”. De una verdad fundamental cristiana, que es la de la hermandad universal construida desde el Padre lleno de amor. Y testigo también de una verdad histórica en la que la hermandad se negaba de muchas maneras. El comunicado de la Conferencia Episcopal en el momento de su muerte decía que “por ser fiel a la verdad, cayó como los grandes profetas entre el vestíbulo y el altar”. Profeta de justicia, padre de los pobres, defensor de los derechos humanos, hombre libre para anunciar el Reino de Dios y denunciar el antirreino, sigue siendo para nosotros ejemplo y camino. Las causas del cristiano tienen siempre objetivos trascendentes y objetivos históricos. Si hoy nos olvidamos de los dolores de nuestro pueblo, estaremos olvidándonos también del verdadero mártir y santo, Óscar Arnulfo Romero.

José María Tojeira, director de Pastoral Universitaria.

Mons Romero c jovenesPor Juan Bytton, SJ

Beato tú, Romero, porque recorriendo las Escrituras encontramos el Espíritu de tu vivir:

Beato tú, Oscar Romero porque “son beatos los que viven en la presencia de Dios y aprenden de su sabiduría” (1 Reyes 10:8)… y al mundo aún le falta tanto.  

Beato tú, Monseñor Romero, defensor de la paz, porque “beatos son los que aman a Dios y se alegran con su paz” (Tobías 13:14).

Beato tú, hermano Romero, porque con tu ejemplo, “sabemos lo que le agrada a Dios” (Baruc 4:4)… y nos sigues enseñando.

Beato tú, profeta Romero, por tu paciencia activa y tu fe comprometida, porque "beatos son los que esperan en Él” (Isaías 30:18).  

Beato tú, Pastor Romero, porque hiciste de tu misión semilla de generaciones, pues “beatos son los que respetan el derecho y practican en todo momento la justicia” (Salmo 106:3)… y tu huella se vuelve principio.

Beato tú, Oscar Romero, porque dejas vías imborrables en la historia de la Iglesia y la voz del Señor se confirma: “beatos los que siguen mis caminos” (Proverbios 8:32).

Beato tú, amigo Romero, pues con tu amor a los pobres, los golpeados por el reino de la prepotencia, escuchamos las palabras de Jesús: “Beatos los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece” (Lucas 6:20).   

Y porque tu presencia está más viva que nunca, aunque la violencia, el desánimo y la indiferencia te quieran seguir silenciando, “beato tú, en quien habita el Espíritu de Dios” (1 Pedro 4:14)… y contigo en el pueblo.

Beato tú, Oscar Arnulfo Romero, quien nos dejas ese aire en la montaña escuchando a tu maestro de las bienaventuranzas, que dice a quien conoce sus palabras: “si lo saben y lo cumplen, serán beatos” (Juan 13:17). Y tú, lo serás por siempre.  

Acompáñanos, Beato Romero, para que obrando según tu ejemplo, se viva también en la tierra la justicia, la paz y el amor que ya compartes en el cielo.

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